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ENCRUCIJADAS DEL SIGLO XX

Heydrich: la banalidad del mal y la solución final en la Alemania nazi

Crédito: Gentileza

Uno de los principales enigmas de la historia del siglo XX se fue conformando en torno a la tarea de poder comprender o desentrañar por qué una sociedad tan avanzada como la moderna Alemania pudo ser arrastrada a ser cómplice de las monumentales atrocidades de un grupo de fanáticos que se hicieron con el poder en 1933: el Partido Nacional Socialista de los trabajadores alemanes o simplemente los nazis.

Los crímenes contra la humanidad cometidos por Hitler y sus secuaces son harto difíciles de comprender desde una perspectiva humanista, sostenía Primo Levi, autor italiano de origen judío, sobreviviente de los campos de exterminio, a quien dedicamos una anterior columna. 

Aquí podemos toparnos con la crudeza de una frase del filósofo Friedrich Nietzsche, que bien podía calzarle al canciller alemán: "un hombre de Estado divide a los seres humanos en dos especies, primero instrumentos, segundo enemigos. Propiamente no hay para él, por tanto, más que una especie de seres humanos: enemigos." Algunos historiadores intentaron justificar el ascenso y dominio absoluto del nazismo, con las enormes injusticias que significaron para el pueblo alemán, los acuerdos alcanzados en el Tratado de Versalles, que, sostienen, engendró el rencor de gran parte de la sociedad alemana para con los liberales, comunistas y judíos; pero la explicación no convence ante tamaños crímenes. 

La escritora alemana -también de origen judío- Hanna Arendt cubrió el juicio a Adolf Eichmann en Israel a comienzos de los años 60 y planteó otra tesis. Para la autora y periodista, el exoficial SS alemán no personificaba el monstruo o la representación de la maldad que describía la mayor parte de la prensa que cubría el acontecimiento. Las acciones de Eichmann no eran por supuesto dispensables, no era por tanto inocente. Pero las atrocidades cometidas por él y su entorno no fueron realizadas porque estuviese dotado especialmente de un liderazgo o alguna competencia particular para ejercer la maldad, sino que era simplemente un burócrata, un operario dentro de un sistema basado en la producción de eventos de exterminio. 

En un capítulo de la obra Itinerarios de la modernidad, de Nicolás Casullo, dedicado a analizar la deriva histórica y cultural de la República de Weimar, conducida por la socialdemocracia alemana, el gobierno previo al nazismo que no pudo impedir su acceso al poder. El pensador argentino Ricardo Forster señala, que para la derecha intelectual y crítica (pensando en ideólogos fascistas como Carl Schmitt) el mal existe, y constituye el problema cultural y civilizatorio central; para él, el progresismo, en cambio, desconoce esta realidad y, por el contrario, se inclina generoso ante las bondades inherentes al ser humano. De las buenas intenciones está construido el camino de la barbarie, concluye con pesimismo. 

Para analizar esta dimensión banal del mal como la describía Arendt, resulta interesante ver la película El hombre del corazón de hierro (HHhH), una adaptación del libro El hombre de Himmler, de Laurent Binet. Se trata de un filme norteamericano de 2017, dirigido por el cineasta francés Cedric Jiménez. La trama -basada en hechos reales- gira en torno a la figura de la vida del oficial de las SS Reinhard Heydrich, quien fue uno de los más prominentes jerarcas nazis, mano derecha de Heinrich Himmler. El protagonista de la historia había nacido en Halle, en el seno de una familia de la elite ilustrada alemana. Su padre fue compositor y cantante de ópera, con vínculos con el nacionalismo alemán de la etapa monárquica.

Después de la Gran Guerra participó en la represión de la revolución espartaquista de Rosa Luxemburgo y Karl August Liebknecht, enrolado en los Cuerpos Francos (paramilitares nacionalistas), para más tarde unirse a la Kriegsmarine, donde inició una carrera naval que lo llevó a conocer a su esposa, Lina Van Osten, una entusiasta nacionalsocialista de los primeros tiempos. En la etapa inicial de la historia, se relatan estos sucesos que describen su acercamiento al nazismo por sugerencia de Lina, después de que había sido expulsado de la marina por comportamiento deshonroso.  Una vez allí, muy rápidamente, Heydrich demuestra una capacidad inusitada de organización para conducir a la policía secreta del Tercer Reich y su brazo ejecutor, la Gestapo.  

En la segunda parte de la película, el jerarca de la SS ya se encuentra en la gestión de conductor del Protectorado de Bohemia y Moravia (parte de la Checoslovaquia ocupada incorporada al Reich) desde 1941. Su implacable crueldad al mando del gobierno lo convierte en un blanco posible de comandos checoslovacos preparados en Gran Bretaña. Para esa etapa, el oficial nazi ya había promovido desde el comienzo de la guerra la conformación de los Einsatzgruppen (grupos especiales SS puestos a organizar los campos de exterminio) y promovido la decisión más trágica del Tercer Reich: el inicio de la solución final. 

El clímax de la historia se desencadena cuando los agentes checos, entrenados intensamente para ser enviados a atentar contra el dirigente nazi son lanzados en paracaídas sobre su país en 1942. El atentado se produce en las calles de Praga -Heydrich muere poco tiempo después en el hospital- en pleno día, la mayoría de los comandos fueron capturados o muertos en la persecución que siguió al magnicidio. Como represalia, las SS arrasaron el pueblo de Lídice, en las cercanías de Praga, matando a todos sus habitantes. El considerado arquitecto de la solución final –exterminio genocida y sistemático de más de 6 millones de judíos en los campos de concentración– de Alemania y Polonia- termino su carrera de forma abrupta. Su legado fue verdaderamente macabro, convirtiéndose además en el más alto dirigente nazi asesinado en acción durante la Segunda Guerra Mundial. 

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