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ENCRUCIJADAS DEL SIGLO XX

Guerra fría: desde Polonia, la mirada del otro sobre el amor

Crédito: Gentileza

Cold War (guerra fría) es una película polaca de 2018 dirigida por Pawel Pawlikowski (ganó un Oscar a la mejor película extranjera con Ida en 2015), nos remite a lo máximo del cine clásico de todos los tiempos, casi un poema hecho audiovisual. Se trata de una obra de cine político en género de romance, un verdadero tributo al mejor séptimo arte europeo del siglo XX. Cabe destacar que, durante la Guerra Fría, fueron pocas las películas de Europa del este que se vieron en Occidente que hayan retratado cómo eran las relaciones en la sociedad del bloque socialista. Entre ellas se puede mencionar el filme Moscú no cree en lágrimas (1979), dirigido por Vladimir Menshov, el cual mostró la vida de tres mujeres en la Unión Soviética a lo largo de dos décadas. Obtuvo el Oscar a la mejor película extranjera en 1980, e incluso se dijo que Ronald Reagan se enamoró de aquella historia, según se lo confesó luego a Gorbachov.

Como señalamos en varios artículos anteriores de esta columna, la guerra fría fue un conflicto político, militar, cultural e ideológico que tuvo sus inicios al finalizar la II Guerra Mundial, en 1945. 

Los contendientes eran, por un lado, EE. UU. y sus aliados: principalmente las democracias liberales de Europa Occidental, luego englobados en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) –NATO, por su sigla en inglés–; Australia, Canadá, Israel y Japón, entre los principales; y por el otro, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y sus países satélites, las democracias populares de Europa del Este, nucleadas en el Pacto de Varsovia, y otros estados que se sumaron: China, Siria, Egipto, Cuba y Vietnam del Norte.

El adjetivo de fría se debió a que ambos bloques evitaron el enfrentamiento directo, pero sí se produjeron conflictos periféricos importantes, como la Guerra de Corea, las contiendas de Indochina y Vietnam, las intensas hostilidades entre árabes e israelíes en Medio Oriente y la invasión soviética a Afganistán. La política de disuasión nuclear (que continúa en operaciones hasta la actualidad) con cientos de misiles nucleares, flotas de submarinos atómicos y bombarderos estratégicos preparados para intervenir en cualquier momento, impusieron el concepto de la destrucción mutua asegurada (AMD sigla en inglés) 

Del otro lado de la Cortina de Hierro, el proceso aperturista iniciado después de la muerte de Stalin en 1953 propulsó avances e hitos del bloque soviético, como el lanzamiento del primer satélite artificial al espacio: el Sputnik, en 1957, junto a la hazaña de poner al primer cosmonauta en órbita espacial en 1961, el piloto Yuri Gagarin. La carrera armamentista y espacial, más la ayuda a sus aliados a lo largo del planeta, obligó a la URSS a invertir recursos en tecnología espacial y armas. No obstante, el nivel de vida medio creció en los años 60 en el mundo socialista europeo, pero a partir de los 70, con la crisis del petróleo, empezó a quedar rezagado de Occidente en muchos campos.

Cold War es un clásico desarrollado en un registro actual, homenajea al mejor cine romántico de todos los tiempos, la diferencia es que está ambientado en los años 50, pero en los primeros tiempos de la Guerra Fría en una Polonia profunda y agreste, aún recuperándose de las atrocidades cometidas por los nazis. El blanco y negro de la cinta, junto a una maravillosa, fotografía le dan un marco deslumbrante a la historia. Juan Luis Caviaro del blog de cine Espinof plantea sobre la historia: "Es interesante cómo el autor polaco, que comenzó en el documental, arranca su película rindiendo homenaje a la cultura popular y las canciones de amor, encontrando la belleza en los sentimientos de esas letras. Durante esa búsqueda de talentos, el pianista y culto Wiktor (Tomasz Kot) conoce a una desesperada chica de pueblo y pasado problemático, Zula (Joanna Kulig). Ella canta, él se enamora y la vida de ambos cambia para siempre". Verdaderamente la pareja actoral polaca se las trae, además de que la voz y la presencia visual de Kulig magnetizan la pantalla. 

La historia consagra esa idea de que el amor combina con las situaciones imposibles y los contextos sombríos como, en este caso, el de la Guerra Fría. Nos rememora la historia del clásico Por quién doblan las campanas (1943) con Gary Cooper e Ingrid Bergman, ambientada en la guerra civil española del lado republicano, basada en una novela de Hemingway.

Aunque, aun así, el director y la producción se las arreglan muy bien para recorrer este y oeste, a ambos lados de la frontera entre los bloques, como describe muy bien Caviaro: "Impresiona cómo Cold War nos lleva por un viaje a través de Polonia, Berlín, París o Yugoslavia, durante los años 50, y la ambientación no tiene nada que envidiar a las grandes superproducciones de Hollywood. Sin embargo, es una coproducción europea y sus opciones comerciales son limitadas, no llega con tantas copias como los churros industriales y quizá se convierta en otro de esos títulos de culto que se redescubren en formato doméstico, porque los nombres son polacos y desconocidos para el gran público". Varios críticos de cine sostienen que la película tiene también un registro autobiográfico, porque con algunas licencias del guion, se trata de la historia que sucedió con sus padres en la Polonia comunista. 

La película remite tangencialmente a un conflicto sordo pero creciente, en el bloque socialista, el problema de las restricciones y limitaciones que la población sufría para desplazarse a otros países, sobre todo cuando se trataba de viajar a estados de Occidente.

Esta situación hizo eclosión en la ciudad que fue ícono de la división de Europa: Berlín. 

La fuga de alemanes del este a Berlín occidental obligó a las autoridades de la RDA a levantar un muro en 1961, que dividió en dos la mayor metrópoli de Alemania. No obstante, a fines de los años 60 comenzó a evidenciarse la crisis económica del modelo de estado de bienestar en Europa occidental, y por su parte también la rigidez y totalitarismo asfixiante de los regímenes socialistas estimularon las crisis de las fugas a occidente, que llevarían a la lenta pero inexorable disolución del bloque soviético a fines de los años 80. 

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