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ENCRUCIJADAS DEL SIGLO XX

Los cambios en la representación social de lo popular y la globalización

Crédito: Gentileza

Con el artículo de hoy cerramos esta serie sobre ideas y temas de debate sobre el siglo XX. La semana que viene iniciamos una nueva sobre otras cuestiones.

En el mundo moderno del siglo pasado, las prácticas socioculturales de las personas se configuraban como formas de reconocerse y de satisfacer necesidades, incorporar rituales de distinción y practicar modos compartidos de comunicación. Al consumir determinado tipo de productos (materiales o inmateriales) a veces se derrochaba y exhibía puramente, pero también se alienaba y sometía a estímulos externos; de esa forma reelaborábamos el sentido de lo social y redefiníamos la significación de lo público y por qué no también de lo popular. Al adscribirnos a lo que creemos socialmente valioso, rehacemos lo que percibimos como propio, nos integramos y nos diferenciamos; es decir que construimos una representación social de cómo somos y de la imagen que proyectamos como individuos, pero con pertenencia a una comunidad.  

En las dos últimas décadas del siglo XX, en las diferentes esferas del mundo cultural la forma de representarnos el mundo circundante se aceleró en forma inédita debido a los cambios tecnológicos y a la hiperinterconexión a la que nos vimos sometidos. Los sistemas de signos, las costumbres, las formas estéticas, la velocidad, el tiempo, los objetos que deseamos y aún la materia misma de nuestros deseos y pensamientos se vieron además fuertemente influidas por la dinámica que adquirieron los procesos económicos y sociales a escala global; vehiculizados en la mayoría de los casos por acuerdos políticos y financieros de orden supranacional, que confluyeron en la idea unidimensional de la importancia de la integración por sobre la dispersión y de la desregulación por sobre la intervención social. 

A esta oleada de cambios sociales, se sumó la imposición de signos de la cultura con pretensión de ser considerados universales: democracia, libertad, individualismo y experimentación con el cuerpo, por mencionar algunos de los más influyentes de aquellas primeras etapas de la globalización. Esas ideas fueron potenciadas, asimismo, por sistemas de comunicación instantáneos que llevaron el mundo entero al interior de todos nuestros hogares y que propiciaron modalidades de consumo que atravesaron el globo y desafiaron la diversidad de los lenguajes; por ello, esta idea de poder experimentar todo lo nuevo avanzó sobre las marcas arraigadas de costumbres, tradiciones e identidades locales que nos daban un abanico de certezas acerca de los modos o formas de cómo estar en el mundo. Más aún, esas ideas se insertaron en nuestra vida cotidiana como una nueva cultura de lo global. 

Cada nuevo producto de la industria cultural globalizada invadió así un espacio semiótico, se legitimó en un mundo de sentidos y de signos e influyó sobre costumbres, hábitos, gustos y valores, generalmente enraizados con fuerza desde nuestro pasado ancestral; en algunos casos, la complejidad de los signos requirió de un nuevo cúmulo de capitales culturales y procesos inéditos de decodificación para su uso y, con frecuencia, provocaron el inicio de una cadena de nuevos lenguajes compartidos a mayor escala.

La comunicación se volvió entonces cada vez menos material y menos territorial en relación con las décadas precedentes. No fue un fenómeno de mera desvinculación con el territorio, sino una reconstitución de formas de experiencia y sensibilidad compartidas en tiempo real, pero en forma desterritorializada.

Mucha gente en las grandes ciudades percibió el surgimiento de un cierto vacío en ese mundo moderno que ofreció tantos objetos y adelantos tecnológicos sofisticados, y a través de los medios y de la industria cultural se apropió de los bienes culturales tradicionales y los redefinió y reconstruyó. Algunos ejemplos cercanos podemos señalarlos de América Latina: la comida, la música y la literatura. 

Las transformaciones operadas en las últimas décadas en nuestro continente, por ejemplo, y en particular, no fueron naturales, sino construidas o elaboradas desde ciertas ideas dominantes, y por su grado de homogeneidad, se consideraron el resultado de una serie de luchas entre poderíos desiguales, ansiosos por imprimir, modular y moldear los sentidos sociales aquí en juego: relativizar las identidades regionales y la dimensión cultural de las mismas. Para teorizar, recurrimos nuevamente a la pluma brillante de un pensador de la talla de Jesús Martín Barbero.

Para el hispano–colombiano, el pensar la comunicación en América Latina a fines del siglo pasado se transformó en una tarea de envergadura antropológica porque lo que estaba en juego no eran son solo desplazamientos del capital y de las innovaciones tecnológicas, sino hondas transformaciones en la cultura cotidiana de las costumbres populares, por mucho tiempo reprimidas y acalladas 

Todas las identidades que corresponden a determinados sujetos sociales se construyeron en la relación con la otredad; porque probablemente no hay nunca una afirmación duradera sobre lo propio, sin identificación y reconocimiento de lo que es diferente, lo que no es otra cosa que la afirmación de la alteridad.

Al abrir nuestros intelectos a la comprensión cabal de lo que producen o de lo que creen los otros  (tanto las mayorías como las minorías, tanto en lo culto, en lo popular como en lo masivo), la información y el trabajo cultural pusieron a la sociedad global a reflexionar sobre cuáles son las imágenes y los símbolos que mejor los representaban.

Un más que sustancioso debate que a fines del siglo pasado permitió en muchos casos fortalecer o reorientar los procesos de democratización de la cultura y de la vida social, reconociendo lo que hay en ella y, por sobre todo, lo que nos representa socialmente el valor de lo popular ante los potentes influjos homogeneizantes sin freno de lo que algunos consideraron o incluso hasta hoy consideran como la santa globalización. 

Martín Barbero, Jesús, De los medios a las mediaciones: comunicación, cultura y hegemonía, Convenio Andrés Bello, Bogotá, 1998.

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